Cuando dejamos salir lo bueno de nosotros nos
preparamos para ser más felices.
No es convertirse en un payaso ni en un inconsciente,
sino buscar siempre el equilibrio entre una sonrisa y una lagrima.
En sí, llorar no es bueno ni malo, nos ayuda a hacer la
catarsis de lo malo que sentimos, reír o sonreír es contagioso y nos acerca a
los demás (siempre preferimos sentarnos al lado de una persona sonriente que de
alguien con el seño fruncido, que vocifera sin parar o que está serio)
Pero usar la sonrisa para tapar lo que sentimos o para
no comprometernos con lo que nos cuentan los demás es una gran falsedad, se
convierte en una máscara, un maquillaje falso y ridículo que en el momento
menos pensado desaparece y muestra las arrugas y cicatrices más horribles, nos
deja vulnerables y desnudos ante la multitud.
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